El Heredero del Clan del Viento
Capítulo 1
Dos cuerpos sin vida cayeron sobre sus rodillas antes de desplomarse por completo. La sangre emanaba de sus cuellos a borbotones, manchando e impregnando el suelo de madera. Aquellos guardias habían estado atentos a cualquier movimiento extraño, como cada noche. Pero no les había servido de nada, ni a ellos ni a los cuatro que se encontraban en la planta baja, también degollados.
Laizen limpió la sangre de sus dagas con la ropa de uno de los vigilantes antes de envainarlas de nuevo tras su espalda. Inhaló aire con cuidado, asegurándose de no hacer ruido, y apoyó su mano derecha en la pared, cerrando su único ojo por un instante. Le dio un golpecito casi inaudible y se centró en la reverberación.
—Tal y como estimé; solo había seis… —Miró por una ventana cercana a su posición. Una enorme luna llena parecía gobernar aquella noche con elegancia y soberanía. No había nadie más en aquella mansión abandonada, solo quedaba él—. Solo seis shinobi para guardar algo tan importante… O mi padre se ha equivocado, o realmente no esperaban que nadie los visitara…
Laizen se acomodó el parche negro de tela que cubría su ojo derecho y avanzó por aquel pasillo, manteniendo su paso silencioso, sin terminar de confiar del todo en aquel lugar. Al fondo de este se alzaba una puerta de madera vieja y algo mohosa que llamó su atención. No había inspeccionado el primer piso en profundidad, pero si había guardias en el piso superior, era porque lo que estaban escondiendo se encontraba allí. También cabía la posibilidad de que hubieran dispuesto varios guardias arriba para lanzar un ataque sorpresivo si era necesario, pero prefirió confiar en que le bastaría con inspeccionar solo el piso superior.
La mano del shinobi se posó sobre el pomo de aquella puerta y se detuvo por un instante. Un intenso escalofrío recorrió la parte posterior de su cuello, obligándolo a enderezarse y dar un paso hacia atrás. Su instinto de supervivencia lo estaba advirtiendo de algo.
—Algo no está bien… —suspiró, caminando de nuevo hacia la ventana. La abrió y salió por ella, agarrándose al alféizar y observó a su alrededor; a su izquierda, donde se suponía que estaba aquella habitación, había otra ventana.
Como si fuera un lagarto, trepó por la pared de madera usando únicamente sus manos hasta alcanzar aquella nueva ventana y miró hacia el interior. Para su sorpresa, no estaba tapiada ni protegida, al menos a primera vista. Sin embargo, desde allí podía ver su interior; la oscuridad no le permitía distinguir todo lo que escondía aquel despacho, pero logró vislumbrar un extraño mecanismo apuntando hacia la puerta. La única en toda la sala, justo por donde él iba a acceder segundos atrás.
—Ya veo… —sonrió bajo la máscara de tela negra que cubría la parte inferior de su rostro—. Parece que mis instintos acertaron de nuevo.
Con una agilidad felina, saltó usando el alféizar y trepó hasta el tejado de la mansión. Desenvainó nuevamente sus dagas y controló la respiración.
—Ninjutsu de viento —recitó, concentrándose en sus dagas y envolviéndolas en una suave brisa mágica—; Colmillos de la montaña.
Cuando Laizen blandió sus dagas, cuatro cortes de viento rasgaron el tejado de la vivienda, trinchándolo como si fuera carne y dejando al descubierto toda aquella habitación. El ojo bermellón del shinobi se posó nuevamente en aquella puerta, ahora sí pudo verla con claridad; era una trampa de gas venenoso. Si la hubiera abierto, el gas lo habría golpeado directamente en el rostro. Eso podía haberle costado caro.
Él suspiró y saltó hacia el interior de aquel lugar. Una vez allí, se dirigió al escritorio que presidía el despacho y arrancó de cuajo cada uno de los cajones. Rompió los fondos para asegurarse de que no ocultaban nada y, finalmente, en uno de estos dobles fondos halló lo que buscaba; una carta sellada. Pero no era una carta común; llevaba un sello de cera gris con el emblema de la ceniza.
—Esto era lo que padre me pidió —musitó—. Lo encontré.
En ese instante, una sombra aterrizó justo a los pies del shinobi, a un metro de este. La agilidad y velocidad con la que lo hizo era muy superior a la que podría esperarse de un simple ninja.
Con una rodilla en el suelo y la cabeza baja, alzó su voz.
—Maestro, el ruido que provocó alertó a un grupo de una docena, al oeste de aquí. Dejé trampas venenosas entre los árboles. Deberíamos apresurarnos.
Ella, que yacía arrodillada ante él, era una de sus kunoichi. Una de las cien soldados del Clan del Viento.
—Buen trabajo, Kaori.
La chica alzó su mirada, sus ojos dorados resaltaban sobre su piel color oliva aún más que su extravagante cabello; recogido en dos coletas con tirabuzones negro y verde. Había sido cautelosa en su aterrizaje para no pisar ninguna posible trampa —más incluso que su maestro, quien no dudó en mandar a volar medio tejado—. Se cercioró de que el escritorio estaba completamente desmontado y con los fondos abiertos.
—¿Encontró su objetivo?
—Sí, aunque me estoy planteando si hacer frente a nuestros anfitriones. ¿Solo eran doce?
—No puedo decirlo con exactitud, es posiblemente que más de la mitad mueran con mis trampas. Pero no puedo asegurarle que no haya otro grupo dirigiéndose hacia nosotros desde otra ubicación.
—Bueno... —suspiró Laizen, relajando por fin sus hombros y cerrando su ojo mientras se dejaba acariciar por la fresca brisa nocturna—. Entonces regresaremos ya.
Ya
había amanecido cuando Laizen llegó a la mansión del Clan del
Viento. Kaori había sido enviada a su dormitorio, todos los shinobi
del clan habían sido entrenados y preparados para poder soportar
cuatro días y cuatro noches completos sin dormir, comer ni beber.
Pero nunca castigaban de aquella forma a alguien que había vuelto de
una misión de riesgo.
Laizen, por otra parte, se dirigió directamente a los aposentos de su padre y líder del Clan del Viento; Minamikaze Kyofu. Cuando el joven entró por la puerta se encontró a su padre tal y como estaba cuando se despidió de él —e igual a como había estado los últimos meses—; tumbado en su cama, respirando con dificultad.
—Padre —saludó Laizen, quedándose en la puerta, esperando permiso.
—Pasa, hijo —dijo el hombre con voz ronca y pesada, como si cada palabra que saliera por su boca le exigiese un esfuerzo similar a cargar con un saco de piedras a la espalda—. No te quedes ahí.
El joven shinobi asintió, entró en la habitación y cerró la puerta a sus espaldas, caminó hasta quedarse frente a aquel moribundo hombre que un día había sido uno de los cuatro grandes Jonin de todo el continente.
—La ubicación que me dio era correcta, padre —informó Laizen a la vez que revelaba el sobre que había encontrado en la mansión abandonada y que había protegido celosamente durante todo el camino—. Tuve que usar métodos poco ortodoxos para abrirme paso y llamé la atención de un grupo que patrullaba la zona, es lo único que me dio tiempo a tomar.
—Hijo mío —musitó el padre, sorprendido, tomando el sobre entre sus callosas y arrugadas manos—. Esto es precisamente lo que te pedí.
Minamikaze esbozó una sonrisa al ver que el sobre seguía sellado y que la curiosidad de su hijo seguía sin imponerse a su lealtad hacia el clan y hacía él. Tomó una hoja de pergamino y una pluma de la mesita de noche al lado de su cama y procedió a romper el sello y observó el interior; una carta escrita con tinta gris en un idioma que Laizen desconocía.
El hombre la leyó a una velocidad inhumana mientras copiaba todas y cada una de las palabras —o símbolos ilegibles— en su pergamino. El esfuerzo fue tal que, un par de minutos después, cuando hubo terminado, tomó aire de nuevo y comenzó a jadear.
—Toma —dijo al fin, entregándole el sobre a su hijo—. Quémalo, y la carta también. Luego entierra las cenizas fuera de nuestros jardines, en el bosque. Y no abras el sobre.
La mirada fija de Laizen confirmó su determinación a hacer exactamente lo que su padre le había ordenado. Quemar, enterrar, no husmear. Eran órdenes simples.
—Como deseéis —asintió, doblando el sobre y guardándolo en un bolsillo de su pantalón—. ¿Puedo ofreceros algo más?
Minamikaze sonrió con tranquilidad al ver la predisposición de su hijo.
—Antes tu hermana me trajo agua, me sirvió un vaso, pero es tan despistada que dejó la jarra en mi escritorio —dijo, haciendo un gesto con la cabeza hacia el escritorio, situado a un par de metros del pie de la cama—. ¿Podrías servirme un vaso y dejármela aquí cerca?
—Cómo no —asintió Laizen, dirigiéndose al escritorio y tomando la jarra para servirle un vaso a su padre. Lo dejó en la mesita de noche y lo ayudó a incorporarse para que pudiera beber con comodidad.
—Hijo… —suspiró—. Gracias por ser siempre tan atento con todos —su sonrisa se enterneció, mostrando una faceta que únicamente desvelaba frente a sus dos hijas—. Eres igual que tu madre.
—¿Ya estáis teniendo visiones? —bromeó, ayudándolo a beber—. Soy Laizen, no Nazuka.
—Sé quién eres, tu hermana mayor huele mucho mejor que tú.
—Si no fuera por sus caprichos, no olería a sudor y sangre, querido padre.
Ambos soltaron una leve y ahogada carcajada, casi como si no se permitieran reír más que aquello. Después, se hizo un largo silencio mientras Minamikaze aún sostenía el vaso —ya vacío— entre sus manos.
—Padre —musitó el joven shinobi, su mirada triste aunque su rostro permaneciese inquebrantable—. ¿Os da miedo morir?
—No —sonrió su padre—. Por un lado deseo reencontrarme con tu madre. Pero por otro lado..., temo demasiado por lo que será de vosotros… —Los ojos afilados y rojos de Minamikaze se posaron sobre el de su hijo, mirándolo con expresión de alarma—. Los peligros que se ciernen sobre vosotros en esta era son mucho peores que loss que yo enfrenté. Y me aterra no estar en condiciones ni para pelear ni para lideraros… —Los puños del hombre se cerraron tan fuerte que habrían hecho estallar el vaso si Laizen no se lo hubiera arrebatado de las manos al sentir sus músculos tensarse. Pero, para ese momento, Laizen ya estaba apoyando el vaso con suavidad en la mesita de noche mientras su padre volvía a mirarlo—. Laizen, por favor, cuida de tus hermanos en mi ausencia. Prométemelo.
—Por supuesto —asintió Laizen, bajando levemente la cabeza, como si mostrara absoluta sumisión a la hora de acatar aquella orden—. Yo los protegeré.
Cuando Laizen salió del dormitorio de su padre se cruzó con una hermosa joven de cabello blanco con las puntas color celeste, recogido en dos coletas altas. Vestía un traje ninja completo con pantalones abiertos por los muslos y un haori blanco. Pese a su pequeña estatura que no alcanzaba ni el metro sesenta, sus pechos parecían compensar aquellos centímetros de altura que le faltaban. Detrás de ella la acompañaba una de las kunoichis del clan, una hermosa mujer de piel clara, cabello naranja y ojos rojos, similares a los suyos, pero de un tono algo más cálido y anaranjado. Combinaba toda su esencia candente con un hermoso kimono granate abierto por ambos muslos.
—¡Hermanito! —gritó la primera, dando saltitos hacia él y tomándole las manos—. Acabo de ver a Kaori, supe que estabas por aquí, ¿cómo fue todo? —sus ojos grises brillaban con intensidad.
Laizen deshizo el agarre de su hermana con una de sus manos, estiró sus dedos y le dio un leve golpecito en la frente con el canto de la mano, provocando que una mueca de molestia se dibujara en su rostro.
—¡Ay!
—Volviste a dejar la jarra de agua en el escritorio, Laruko. Sabes que padre no puede levantarse de la cama.
—¡Lo siento mucho! —Ella sacó la lengua a modo de travesura—. Justo iba a revisarlo ahora mismo.
—Sí, seguro.
—Seguro, segurísimo.
El shinobi esbozó una sonrisa y acarició la cabeza de su hermana.
—¿Irás a descansar? —Laruko ladeó la cabeza con una sonrisa.
—Ya es casi mediodía. Creo que esperaré a que anochezca. Ahora mismo tengo más hambre que sueño. Además, quiero ir a revisar el entrenamiento de Raiden.
—Ya veo, ya veo —Laruko le ofreció una pícara sonrisa—. ¿Padre aún no te dio una respuesta sobre tu petición?
—Todavía no. Pero pronto la tendré.
—¿Por eso te esfuerzas tanto?
Laizen soltó un pesado suspiro.
—No pienso en por qué hago o dejo de hacer las cosas, hermana.
Tras aquellas palabras, Laizen pasó de largo, cruzándose con la kunoichi de su hermana menor. Ella cerró los ojos con un profundo respeto y admiración y le ofreció una reverencia con la cabeza. Él le devolvió el saludo con un leve movimiento de su cabeza y continuó su camino a través de los pasillos de la mansión del Clan del Viento.
Minutos después salió por una de las puertas traseras que daba a un campo de entrenamiento. Constaba de cuatro enormes pistas rectangulares, cada una para su propio uso.
La primera y más cercana a la finca, se usaba exclusivamente para circuitos con diferentes obstáculos que esquivar y superar. Estos iban variando cada quincena para que nadie se acostumbrara y así representar diferentes tipos de terrenos en los que actuar. A veces colocaban múltiples postes de madera de diferentes grosores y de entre cuatro y diez metros de altura, simulando un bosque lleno de árboles. Otras veces el terreno estaba más liso y colocaban obstáculos peligrosos que esquivar, y en época de lluvia, la utilizaban para circuitos de velocidad en el barro.
Las otras tres pistas eran más uniformes; una de ellas era una zona de combate para duelos y práctica con armas. Otra era un campo de tiro con diferentes objetivos y dianas, por último; el tercero era una pista de arena que usaban para correr y hacer ejercicio físico. Hoy las kunoichi estaban mayormente reunidas en esta última, siendo entrenadas por Raiden, su hermano mayor.
Laizen caminó a través de los amplios caminos —preparados para que pudieran moverse grandes grupos de shinobi y sin tener que hacer fila india— y alcanzó la pista de arena. Muchas de las kunoichis parecieron comenzar a esforzarse más, casi por instinto, al detectar la presencia del joven shinobi.
Todas ellas estaban siendo supervisadas por Raiden, un gigantesco shinobi de más de dos metros que permanecía con el rostro serio, mandíbula amplia, brazos cruzados y ojos anaranjados centelleantes. A diferencia de Laizen, que tenía todo el cabello blanco, Raiden llevaba un tupé largo y despuntado de color blanco, mientras que toda la parte inferior de su cabello y sus patillas eran del mismo azul celeste que el cabello de Laruko.
—Seguid con este ejercicio —gritó el gigante con voz grave, casi gutural, volteándose hacia su hermano—. Bienvenido de regreso.
—Gracias.
Ambos bajaron levemente la cabeza a modo de saludo cordial y respetuoso.
—¿Lograste lo que padre te encomendó? —Casi de forma involuntaria, los enormes bíceps de Raiden se contrajeron e hincharon. Eran prácticamente igual de grandes que la cintura de la mayoría de las kunoichi.
—Sí, ya le entregué lo que pidió.
—Me alegro —Raiden se quedó callado por unos segundos, observando a las más de noventa ninjas entrenando—. Cuando te ven llegar, más de la mitad de ellas comienza a esforzarse por encima de lo que ya estaba haciendo. No soporto esa actitud de las mujeres.
—¿Estás celoso, hermano?
—No me hables de celos, pequeño ser despiadado —Los ojos de Raiden se posaron fijamente en el de su hermano—. ¿Padre te dio respuesta a la petición que le hiciste?
—Todavía no —suspiró Laizen, dirigiendo su atención a las kunoichi.
—¿No crees que es demasiado ambicioso de tu parte exigir a doce de ellas? Lo habitual es que a todos se nos entregue una y el Jonin tenga dos o tres.
Raiden volteó su cuerpo, acompañando a su hermano, y ambos permanecieron observando el entrenamiento de estas. Se encontraban realizando intensos estiramientos en parejas, pues la flexibilidad de un shinobi era demasiado importante y siempre dedicaban un buen rato a asegurarse de que esta no desmejorara.
—Quiero crear tres grupos de élite —respondió finalmente.
—¿Tres grupos de élite? Hablas como si el Clan del Viento no tuviera casi cien kunoichis.
—No siempre estarán a disposición de los deseos de uno —le sonrió—. Y hay veces que es mejor no involucrar al clan entero.
—¿Qué tramas exactamente, hermano?
Raiden volvió a mirar a su hermano menor, sin embargo, desde aquel perfil, solo vería sus labios entrecerrados y el parche negro que le cubría media cara. Laizen pareció no inmutarse por aquella pregunta, como si nunca la hubiera escuchado.
—En fin… —Raiden sacudió la cabeza—. Eres consciente de que las kunoichi que elijas esperarán compartir lecho contigo, ¿verdad?
—Sí, eso lo sé.
—Todas querrán engendrar un heredero para ti.
—Eso también lo sé.
—¿Estás seguro de que podrás saciarlas a todas?
—Creo que nuestra conversación está desvariando, hermano.
Ambos volvieron a quedar en completo silencio, observando a las kunoichis.
—¿Crees que padre me conceda otra oportunidad? —la voz grave de Raiden sonó ronca esta vez, como si le costara pronunciar aquellas palabras.
—Si dejaras de ser tan cabezón y se lo pidieras, te diría que sí.
—Sabes que no puedo… —suspiró, bajando la cabeza con resignación—. Yuri murió por mi culpa… Yo…, la maté —La mandíbula de Raiden se tensó mientras apretaba con fuerza los puños. Sus brazos se contrajeron, volviéndose amenazantes.
—Fue el Clan del Fuego, Raiden —corrigió Laizen—. Hundirte en ese pozo oscuro no la traerá de vuelta y tampoco honrará su muerte.
El gigante apretó aún más los puños, resignado.
—¿Tú qué harías si asesinaran a Kaori?
Laizen levantó su cabeza, mirando el sol. Su brillo y calidez caldeaba bastante las pistas de entrenamiento. El invierno se agradecía, pero en verano era una dificultad añadida a la deshidratación que se exponían en cada entrenamiento.
—Somos shinobi, hermano —respondió Laizen—. Se nos ha entrenado para ello. Las kunoichi son herramientas para el Clan.
Los ojos de Raiden destellaron esta vez, volteándose con agresividad hacia su hermano. Estuvo a punto de tomarlo por la camisa de su kimono negro de shinobi, pero se abstuvo de montar una escena delante de todas aquellas subordinadas.
—No… no te atrevas a mentirme de esa manera, hermano.
Laizen enarcó una sonrisa y se volteó, dispuesto a abandonar las pistas. Al hacerlo, apoyó su mano sobre el rocoso hombro de su hermano mayor.
—Deberías controlarte, Raiden. Pronto heredarás el título de Jonin del Clan. No puedes dejarte llevar por tus emociones.
Tras aquellas palabras, inició su marcha de vuelta al interior de la mansión. Pero, a los pocos pasos, una voz lo detuvo a su espalda.
—Hermano —dijo Raiden, girándose de nuevo hacia él—. Si padre no acepta tu petición, yo te daré permiso para tener las doce. Pero con una condición —Raiden levantó el dedo índice—. No vuelvas a dártelas de «shinobi perfecto» conmigo.
Laizen giró parcialmente su cuello, mostrando su perfil izquierdo con su ojo carmesí emanando un brillo especial.
—Pides demasiado, Raiden —sonrió—. Pero está bien. Si padre no acepta mi petición y tú sí lo haces. Te diré la verdad de vez en cuando.
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