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El Heredero del Clan del Viento

Capítulo 2

Una hermosa mujer entró en el gran comedor comunitario de la academia del Clan del Viento. Su cabello era plateado con las puntas de un color celeste intenso y recogido en una única cola alta. A diferencia de su hermana menor, Nazuka no había tenido la aquella gran genética de su lado y era menos voluptuosa. Más sabía perfectamente que su cuerpo podía llegar a ser más atractivo que el de Laruko y sabía perfectamente cómo utilizarlo para engañar a los hombres —aunque nunca le había hecho falta hacerlo—. Detrás de ella caminaba otra shinobi; su cabello era negro azulado, muy corto y el flequillo le cubría su ojo izquierdo. Llevaba un kimono morado corto y ajustado solo para su parte superior, mientras abajo vestía unos pantalones compresivos negros muy cortos. La personalidad de ambas parecían ir al compás, ambas frías y serias.

—Hermano —saludó la primera, acercándose a Laizen, quien estaba disfrutando de un desayuno recién hecho; huevos revueltos con queso, tomate y pan—. Tienes la mala costumbre de siempre almorzar en el comedor comunitario de las kunoichi—. soltó un suspiro, agotada de siempre repetirle lo mismo.

—Me gusta más comer aquí. De pequeños siempre lo hacíamos. No veo por qué no deberíamos seguir haciéndolo.

—Completaste el entrenamiento de shinobi hace cinco años —negó con su cabeza, resignándose—. No importa. Necesito pedirte algo.

Laizen volteó levemente su cabeza mientras dejaba sus palillos sobre la mesa.

—Acabo de volver de una misión, hermana.

—Lo sé, pero yo debo partir ahora y Botongo… Bueno…, está demasiado ocupado. Sé que debes de llevar un par de noches sin dormir, te devolveré el favor en algún momento.

—¿Qué ocurre?

Nazuka desvió momentáneamente su mirada para no cruzarse con la de su hermano menor.

—Envié a Jin a una misión de escolta. Solo era acompañar a un carromato mercantil a través de la región de Fernia. Quedamos en que me enviaría un cuervo cuando llegase al destino. Iba a hacer noche allí…

—¿Cuánto hace de eso?

Nazuka se quedó en silencio unos segundo antes de responder, su mandíbula tensa.

—Dos noches.

Laizen dio un golpe sobre la mesa y se levantó de golpe.

—¿Mandaste a nuestro hermano menor a un escolataje por el territorio custodiado por el Clan del Relámpago y esperas dos días a actuar?

Nazuka no respondió en primera instancia, se limitó a mirar hacia otro lado, llena de frustración.

—Jin… Ya sabes cómo es. Pensé que simplemente ignoró mi petición del cuervo mensajero. Pero tendría que haber regresado ayer por la noche.

Laizen pareció ignorar por completo la explicación de su hermana mayor, pasando a través de ella y dejando su plato a medio terminar.

—Voy a despertar a Kaori.

Solo se escuchaba el galopar de los caballos y el silbido del viento pasar entre ellos a gran velocidad cuando un largo y tímido bostezo rompió el silencio. Laizen viró levemente su cabeza para observar a su compañera, cabalgando a su lado.

—¿Tienes mucho sueño?

—¿¡Eh!? ¡No, para nada, maestro! ¡Estoy perfectamente! —Mintió ella, sus mejillas levemente sonrojadas debido a la vergüenza de haber sido traicionada por su sueño. Vestía su traje kunoichi habitual junto a una capucha para evitar que su cabello se despeinase demasiado en los trayectos.

—Lamento haberte despertado. Me hubiera gustado poderte llevar en mi yegua y que durmieses parte del camino. Pero desconozco si mi hermano y Aoruko hayan podido conservar las suyas.

—No tiene de qué disculparse, maestro. ¡Le agradezco que cuente conmigo! —Los ojos dorados de Kaori centellearon de ilusión. Para una kunoichi era mucho más que un simple honor poder servir personalmente a cualquiera de los seis hermanos Kyofu —Por cierto, ¿a dónde vamos?

—A Fernia —respondió, fijando su mirada en el camino.

—¿Fernia? ¿Los dos solos? —Ella ladeó levemente su cabeza—. Los del Clan del Fuego podrían darnos problemas.

—No pasaríamos desapercibidos si llevamos a un gran grupo con nosotros. Yendo solos tenemos más posibilidades de ocultarnos.

—¡Una misión de sigilo e infiltración! ¡Eso es mi especialidad! —se emocionó, sonriendo con picardía.

—Sí, lo sé —asintió Laizen, sin prestarle demasiada atención—. «Maldita sea… Jin… Aguanta hasta que llegue...»

Tres días atrás…

Una compañía mercantil de la región de Kazu que había partido del sur del continente se dirigía a un pequeño pueblo portuario llamado Orqui, situado al noroeste. El viaje no era muy largo, pero exigía atravesar una pequeña franja de territorio que pertenecía a la región de Fernia, custodiada por el Clan del Fuego, conocidos por su agresividad y tolerancia cero a que nadie ajeno ose poner un solo pie en su territorio.

Era de noche, la luna llena bañaba a la compañía con una intensa luz azulada. A un lado del carromato principal, un shinobi de ropa negra con detalles de un color verde neón intenso caminaba con firmeza, acompañado siempre de su fiel kunoichi.

—¿Está seguro de que es buena idea, señor Jin? —preguntó quien dirigía el carromato con incertidumbre. Un hombre ya mayor, de unos cincuenta años, que, debido a sus largas travesías desde que era joven, aparentaba bastantes más—. No veo bien el camino.

—Los caballos ven mejor que nosotros en la oscuridad —respondió Jin, mirándolo con desinterés. Sus ojos eran verde intenso y su cabello blanco, como el de todos sus hermanos, a excepción de qu Jin tenía un par de mechones negros en su flequillo. Rasgo que únicamente compartía con Botongo, uno de sus hermanos mayores.

—Pero los caballos también temen posibles asaltos de lobos o jabalíes.

—Los animales salvajes son la menor de nuestras preocupaciones —dijo la chica a su lado, con la única intención de ahorrar saliva a su maestro. Ella tenía el cabello negro con las puntas de color azul y recogido en una cola lateral y un atuendo ninja de color azul bastante más revelador que la mayoría del clan. Según sus propias declaraciones «le daba una mayor movilidad y provocaba que los enemigos se desorientaran» —Además, a pleno día corremos más peligro de ser asaltados por miembros del Clan del Fuego. En la noche es como mejor nos ocultaremos.

Jin asintió con su cabeza.

—De todas formas nada garantiza que no tengamos algún infortunio. Estate alerta, Aoruko.

—Sí, maestro.

La compañía prosiguió su marcha durante aproximadamente dos horas. Era prácticamente medianoche cuando Jin se percató de algo inusual, detuvo su avance de repente y viró levemente su cabeza.

—¿Maestro?

—Métanse todos dentro de los carros —ordenó sin titubear, desenvainando su katana—. Huele a pólvora.

Apenas unos segundos después, se escuchó el silbido de varias flechas acercándose a gran velocidad alertó a todo el grupo.

—Ninjutsu de Viento —recitó Jin, envolviendo su katana con una energía eólica de color verde y comenzó a moverse a gran velocidad alrededor de todo el carruaje, desviando todas las flechas con maestría—; Oleaje de nubarrón.

Las flechas prendidas en llamas para incendiar la mercancía se apagaron por el vendaval que provocó su ataque y salieron todas dispersadas, muchas de ellas echas trizas y cayendo al suelo.

Jin maniobró su katana y observó con molestia el interior del bosque. La maleza comenzó a moverse y a separarse, abriéndose para dar paso a un shinobi de gran tamaño.

—¡Vaya! ¡Eso no estuvo nada mal! —apremió el recién llegado, aplaudiendo con ánimo. Era un hombre de casi dos metros, su cabeza estaba rapada de los laterales y la nuca, habiendo cabello únicamente en la parte central de su cabeza. Siendo este largo, de color carmesí y recogido en un cola alta y alborotada como si fuera una enorme llama salvaje. También lucía una pequeña perilla y su cuerpo era tremendamente musculado y lleno de cicatrices.

Jin ladeó levemente su cabeza al verlo. Sabía que no era un cualquiera.

—Aoruko, te encargo a los arqueros. Yo me ocuparé de este sujeto.

—De acuerdo —Ella saltó hacia los árboles, desapareciendo del campo de visión y dejando únicamente a los dos shinobi.

—Vosotros —dijo Jin, refiriéndose a los comerciantes—. Largaos de aquí. Es posible que salgáis heridos. Mientras nos ocupemos de ellos no os podrán perseguir.

—Pero…, señor Jin —se quejó aquel hombre mayor, asomando su cabeza por una ve las ventanas del carro.

—No te he pedido opinión, viejo —protestó, lanzándole una mirada furtiva—. Es una orden, marchaos. Ya.

Aquel hombrecillo obedeció, aún con sus pantalones orinados por el miedo que había sentido al ser atacados, saltó de nuevo hacia el puesto de conducción y atizó las riendas de los caballos para que estos se apresuraran.

—Qué interesante —sonrió el hombre de cabeza rapada, observando aquella escena—. Tienes un liderazgo nato, muchacho. Lástima que tu juventud te haga ser tan arrogante.

—¿Arrogante? —Jin encaró su cuerpo en dirección hacia aquel shinobi desarmado—. ¿En qué momento fui arrogante? Tienes mi total atención en este momento.

Varias venas al costado del cráneo de aquel hombre se hincharon al escuchar aquellas palabras.

—¿Tu total atención dices? Eres arrogante al enviar a tu kunoichi a por nuestros soldados y quedarte a solas conmigo. ¿Acaso no sabes quién soy? —El sujeto pateó al suelo y apretó sus puños con fuerza. Los músculos de sus brazos se tensaron—. Mi nombre es Hisutbiji. El cuarto de los Cinco Gobernantes del Fuego.

Jin ladeó su cabeza con marcado desinterés.

—¿Gobernantes del Fuego? Menudo nombre más altanero para un púgil con alopecia —Jin suspiró a la vez que los ojos de Hisutbiji se inyectaban en sangre—. Pero bueno, a diferencia de ti, yo no creo que necesite presentación. ¿Por qué no acabamos rápido con esto?

Jin se deslizó por el suelo como si surcara una ola, posicionándose justo frente su contrincante y lanzó un poderoso corte ascendente con su katana que fue desviado por los guanteletes reforzados de Hisutbiji. Este saltó hacia atrás y tensó sus brazos.

—¡Buen ataque! ¡Impresionante para zarandear esa katana con una sola mano! ¡Me gusta! —El cuerpo del shinobi se envolvió en llamas—. Ninjutsu de fuego; puños del purgatorio—. Los guanteletes de Hisutbiji se envolvieron en unas intensas llamas que rodearon por completo sus brazos. Haciendo que estos propagaran llamaradas por doquier—. Ahora; ¡prepárate para ser carbonizado, niñato del Clan del Viento!

Hisutbiji saltó con fuerza desde su posición y se proyectó como un meteorito hacia Jin, quien envolvió su katana con magia de viento mientras llevaba su mano izquierda hacia su rostro, levantando dos dedos.

—Ninjutsu de viento —A los pies de Jin se materializó un círculo de viento, su katana también fue envuelta de nuevo por aquel poder.

—¿¡Qué vas a hacer!? ¿En serio crees que con un poco de viento me vas a derribar? —El golpe de Hisutbiji estaba cada vez más y más cerca. Pero Jin estaba esperando el momento exacto.

—Lluvia de Céfiro —Cuando blandió su Katana, un poderoso corte mágico proyectó cientos de agujas de viento en todas direcciones. El ataque sorprendió incluso a aquel arduo guerrero, quien se vio obligado a cubrirse con sus antebrazos y rodillas, tratando de minimizar el área descubierta de su cuerpo y que aquel impacto no fuera letal.

Las agujas se clavaron en sus piernas y brazos, incluso alguna penetró su torso y su cuerpo fue repelido con un poder abrumador. Sin embargo, él aterrizó de pie.

Un profundo silencio inundó el bosque mientras ambos se observaban con cautela. Pequeñas gotas de sangre impregnaban la hierba a los pies de Hisutbiji.

—Magnífica técnica —sonrió—. Me pillaste por sorpresa—. Con total tranquilidad de alguien acostumbrado a aquel tipo de heridas, o incluso de mucho peores, se sacudió las agujas mágicas, arrancándoselas en apenas unos segundos. Aquellas heridas parecían no haberle molestado lo más mínimo—. Si fueras uno de mis hermanos, te hubiera enseñado a pulirla más. Imbuyendo esta técnica en fuego en lugar de viento, sería mucho más destructiva.

La expresión de Jin, que hasta aquel momento había sido de total indiferencia, se tornó sombría y molesta.

—No oses insultar a mi hermano —protestó.

—Oh…¿Así que fue él quien te enseñó esos ataques? Quizá a tu hermano también le iría bien que yo mismo lo entrenara —Hisutbiji apoyó sus manos en las caderas y comenzó a reír con altanería.

Jin afianzó sus pies al suelo sin seguirle el juego a aquel tipo y se abalanzó sobre él. Su primer ataque fue repelido por los guanteletes de aquel shinobi, y el segundo, y el tercero. Hisutbiji respondió a sus golpes y sus puños también fueron bloqueados por la katana de Jin.

—¡Vaya, vaya! ¡¿Así que solo usas ambas manos para cubrirte de mis golpes?! ¡No vas a lograr romper mi defensa zarandeando esa baratija con una sola mano!

El shinobi de fuego pateó con fuerza al joven del Clan del Viento y lo proyectó varios metros hasta que aterrizó con pesadez. Hisutbiji no perdió un solo instante y cargó nuevamente sus llamas en los puños.

—¡Hacía tiempo que no me divertía tanto! —bramó mientras desprendía una inmensa energía que recubrió todo su cuerpo—. Ninjutsu de fuego; ¡caída del firmamento!

Hisutbiji comenzó a lanzar una rapidísima ráfaga de puñetazos desde su posición. De cada uno de ellos emergía una bola de fuego del tamaño de su puño que se precipitaba sobre Jin como un bombardeo de meteoritos.

—«Vaya… Este tipo es una verdadera molestia...» —Jin afianzó su posición y exhaló vaho—. Ninjutsu de viento; Baile de la corriente.

Jin se desplazó con una agilidad sobrehumana, evadiendo la gran mayoría de proyectiles y repeliendo los que se le hacía imposible evitar. Fue cuestión de un parpadeo que volviera a plantarse frente Hisutbiji. Su Katana ascendiendo peligrosamente, amenazándolo con abrirlo en canal.

—«¡Mierda! ¡Es muy rápido! ¿Cómo esquivó mi ataque?»

La katana cada vez estaba más próxima a alcanzar el vientre de su objetivo. Sin embargo, una masa enorme de llamas descendió violentamente del cielo, cerniéndose sobre Jin.

—¿Hay más de uno? —Jin canceló su ataque, dio un salto con un mortal y lanzó otro corte imbuido con magia de viento para repeler aquella llamarada. Sin lograr desviarla del todo esta vez y siendo alcanzado.

—¡Hermano! —bramó Hisutbiji—. ¿Qué demonios haces? ¡Estaba en plena diversión!

—Cállate, maldito mono descerebrado —dijo alguien acercándose con tranquilidad hasta rodear el cuerpo de Jin, colocándose detrás de él—. Casi pierdes contra este crío. Por eso solo estás en el cuarto rango dentro de los élite.

Aquel sujeto apoyó con desdén su katana sobre una de sus hombreras. Su armadura carmesí sobre su traje shinobi irradiaba poder y maestría en el arte de la guerra. Una mezcla perfecta entre un ninja y un samurái. A diferencia de Hisutbiji, este era más menudo y delgado, con un largo y despuntado cabello rojizo con mechas negras y el flequillo largo que cubría parte de su frente. Al sonreír se le notaron unos canino levemente más afilados que los de un humano normal y corriente.

—¿Ya terminasteis con la mujer, Fareth? —preguntó el shinobi de cabeza rapada, palpándose las heridas con molestia.

—¿¡Y yo qué sé!? Hiroge se quedó peleando con ella. Pero dudo que le suponga problema alguno, es una puta kunoichi.

Los ojos de Jin se inyectaron en sangre a la vez que se levantaba del suelo. Varias venas en sus músculos, cuello y sien se hincharon.

—Así que sois tres… —sonrió con locura—. Bien, bien. Ahora que sé vuestro número, será más sencillo.

Los dos shinobi del Clan del Fuego ladearon sus cabezas extrañados.

—¿Sencillo, niñato? —bramó Hisutbiji—. ¿Eres consciente de vuestra situación?

—¡Este tipo está loco! —se burló Fareth, soltando una carcajada chillona—. ¡Quiero matarlo! ¡Déjamelo a mí!

Fareth se desplazó con agilidad, abalanzándose sobre Jin, dejando una estela de fuego a sus espaldas. Su velocidad era muy superior a la de su compañero.

Las katanas de ambos guerreros chocaron entre ellas. Fareth viró su cuerpo y lanzó varios ataques que fueron repelidos con una maestría innata.

—¡Eres bueno! ¡Eres bueno, joder! —bramó, lanzando más ataques.

Jin rotó sobre su cuerpo en un instante, rasgando levemente el costado izquierdo de Fareth y provocándole una herida poco profunda, pero peligrosa.

—¿Hirió a Fareth? ¡Maldición! —Hisutbiji corrió a apoyar a su compañero mientras este repelía un segundo ataque de Jin.

—¡Interesante! —sonrió—. ¡Eres mejor de lo que pensaba! Una lástima que al final esto no vaya a ser una batalla justa.

A espaldas de Jin apareció Hisutbiji, cargando sus puños con llamas, decidido a finalizarlo de un solo golpe. Pero Jin se volteó con una mirada impasible.

—¿Querías que usara ambas manos para atacar, no? —El joven ninja tomó la empuñadura con un doble agarre y llevó su espada hacia su cintura—. Arte secreta del Viento— El tiempo pareció detenerse por un instante. Alrededor de su cuerpo emergió una poderosa corriente de aire ascendente que envolvió su cuerpo mientras lanzaba una cuchillada ascendente—. ¡Invocación del tornado sanguinario; Jin! —Un gigantesco tornado emergió de su cuerpo, envolviendo a ambos ninjas del Clan del Fuego en él.

—¿¡Qué mierda es esto!? —gritó Hisutbiji, tratando de cubrirse.

—No me jodas… —sonrió con temor el otro, viendo como no había forma de detener aquel impacto.

El tornado de viento cortante impacto en ambos, se levantó más de veinte metros en el cielo, por encima de los árboles y arrasó con decenas de estos, arrancándolos del suelo y derribándolos.

El impacto fue devastador. Los dos hermanos fueron derribados por completo, cayendo al suelo a varios metros de Jin, quien a duras penas podía mantenerse en pie.

—Esto va de parte de Laizen —murmuró—. Él inventó esta técnica y le puso mi nombre. No oséis volver a faltarle al respeto, basura —El joven escupió al suelo y dio un par de pasos, decidido a alcanzar al tercero y ayudar a Aoruko. No llegó a dar el tercero cuando notó que su cuerpo estaba claramente afectado por aquella técnica. Había estado lanzando ataque a bocajarro y estaba sintiendo la represalia de ello. «Apenas puedo moverme… Espero que Aoruko no haya tenido demasiado problemas...»

—Buen destrozo hiciste, muchacho —Una voz desconocida alteró a Jin, quien se volteó de nuevo.

Un tercer individuo había aparecido; un nuevo ninja con armadura de samurái portando una lanza. Su cabello era largo como el de una mujer y rojo como el fuego. Tenía algo parecido a dos antenas formadas con su propio cabello de un color amarillento que daba la sensación de ser llamas vivas. Sus ojos rojos y su porte seria y segura anunciaban malas nuevas. A sus pies; Aoruko estaba de rodillas, magullada y con la lanza apuntando a su cuello.

—Jin… —masculló—. Perdóname… —La voz de la mujer sonó quebrada, lamentando que su incompetencia hubiera provocado que su maestro se viera un una situación como aquella.

Jin se quedó congelado por un instante, sus ojos se inyectaron en sangre y venas se hincharon alrededor de su sien.

—¿¡Qué le hiciste a Aoruko, pedazo de mierda!? —Por primera vez el rostro de Jin se volvió alarmante de verdad—. ¡¡¡Te voy a desollar!!!

Jin volvió a envolver su katana en viento, pero aquel tercer individuo se limitó a apretar la punta de su lanza contra el cuello de la kunoichi.

—¡Si das un solo paso le corto la yugular! ¡En treinta segundos estará muerta! ¡Suelta tu arma en este preciso instante!

Jin se detuvo ipso facto mientras su mandíbula temblaba de ira y frustración, siendo incapaz de alcanzar a aquel nuevo enemigo en el tiempo que necesitaba para salvar a su compañera. Con resignación cerró sus ojos y lanzó su katana al suelo.

—Suéltala —dijo una vez más, observando a aquella hermosa mujer que siempre lo seguía a todas partes, que nunca le había fallado en nada, que siempre estaba disponible para él—. Por favor, no le hagas daño…

—Oh —Hiroge abrió bien sus ojos, sorprendido por aquella súplica—. Resultó que eres más sensato y educado de lo que pareces.

En ese instante, una enorme masa muscular apareció justo frente a Jin, quien no fue capaz de detectarla.

—¡Paga por lo que me has hecho, hijo de puta! —vociferó Hisutbiji, propinándole un poderoso puñetazo justo en la boca del estómago.

El golpe fue tal que bloqueó por completo la entrada de aire de Jin, quien abrió la boca solo para escupir sangre y, posteriormente, fue proyectando a gran velocidad contra el suelo. Dio un par de vueltas de campana, golpeándose con pequeños montículos de tierra y troncos partidos de árboles que encontró hasta que, finalmente, se estrelló contra un gran árbol y el cuerpo del shinobi se desplomó contra el suelo.

—Joder… —se quejó Fareth, levantándose adolorido y lleno de cortes por el ataque que había recibido segundos atrás—. Ese chaval es fuerte, en serio…

—Es uno de los hermanos Kyofu —respondió Hisutbiji—. El menor de los cuatro varones.

—¿Este monstruo es el menor? —Fareth ladeó su cabeza.

—Que el menor os haya derrotado a los dos a la vez es una vergüenza para el Clan del Fuego —replicó Hiroge, apoyando el pie de su lanza en el suelo mientras su larga cabellera se mecía con el viento—. Encadenadlo antes de que despierte, lo llevaremos a unas ruinas cercanas de momento. No quiero que despierte y esté en libertad.

—Voy —se adelantó Fareth, caminando con dificultad mientras presionaba la herida en su costado, aún sangrando.

—Yo si quieres puedo ocuparme de la muchacha —Hisutbiji se volteó hacia ella y la miró con hambre—. ¿Nos la turnamos?

—La chica la necesitamos de una pieza —suspiró el lancero, notando como el cuerpo de aquella mujer se había tensado y su respiración se cortó al escuchar aquellas palabras—. Si le ponemos una mano encima, nuestro invitado se negará a darnos información. Cuando haya hablado, puedes hacerle lo que quieras. Aunque ni siquiera te lo mereces con el lamentable espectáculo que has dado.

—¿Lamentable? ¡Si al final lo derroté! —replicó, señalando el cuerpo inerte de Jin—. ¿Ves? Está bien noqueado. Aproveché el momento oportuno y; ¡Boom!

—Si esa es tu definición de victoria, Hisutbiji, dejas mucho que desear, hermano.

—¿Qué hacemos con la compañía mercantil? —preguntó Fareth, acercándose a sus hermanos mientras arrastraba el cuerpo encadenado de Jin por el suelo.

—Esta niñata se cargó a todos nuestros soldados —Hiroge jaló con fuerza del cabello de la kunoichi, provocando que esta se quejara—. No tenemos unidades para perseguirlo. Dejémoslo pasar por hoy. Haber capturado a un Kyofu es más que suficiente. Vayámonos.

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